Anarquismo y Antropología

Los piaroa habitan en los afluentes del Orinoco, en el sur de Venezuela. Conforman una sociedad igualitaria que otorga un gran valor a la libertad y la autonomía, cuidando de que nadie esté jamás bajo las órdenes de otra persona o que nadie controle los recursos económicos hasta limitar la libertad de los demás. Junto con los Tiv de Nigeria o los Merina de Madagascar, son una de las muchas tribus que se ha opuesto al dominio ejercido por el Estado desde arriba.

Los fundadores del anarquismo en el siglo XIX jamás creyeron haber inventado algo radicalmente nuevo. Los principios básicos —autoorganización, asociación voluntaria, ayuda mutua— han existido a lo largo de la historia de la humanidad, al igual que el rechazo del Estado y otras formas de violencia estructural. El anarquismo surgió como una sistematización de estos elementos.

Anarquistas y antropólogos se movían en los mismos círculos, se influenciaban unos a otros.  Sin partir necesariamente de los mismos presupuestos, la antropología aportaba una variedad ingente de formas de entender la experiencia humana que el anarquismo absorbía. De hecho, en sus orígenes estas disciplinas partían de lugares opuestos a la hora de entender la experiencia política del ser humano: a mediados de siglo la antropología asumía de forma universal que las economías sin dinero ni mercado, que operaban por medio del trueque, intentaban emular su comportamiento. La diferencia radicaba en una mera cuestión de grado, todavía no habían desarrollado las fórmulas sofisticadas para lograrlo. Hasta que llegó Marcel Mauss.

Sobrino de Durkheim, Mauss era un socialista revolucionario. Durante gran parte de su vida dirigió una cooperativa de consumo en París y escribió sin descanso artículos para periódicos socialistas. Jamás dedicó una palabra amable a los anarquistas. Sin embargo, Mauss dejó al final de su vida un legado enorme al anarquismo. Demostró que las sociedades sin Estado y sin mercado deseaban activamente vivir así. No se basaban en el cálculo, sino en su rechazo. Estaban fundamentadas en un sistema de valores que se oponía conscientemente a los principios básicos de libre mercado, la búsqueda de beneficio era para ellos algo profundamente ofensivo. De hecho, las tribus amazónicas llegaban a institucionalizar el Estado como un poder maligno, y cada nueva generación tenía que llevar a cabo una purga para desenmascarar a los brujos, culpables de consumir la sustancia de los otros, destruyendo así cualquier estructura emergente de autoridad.

El trabajo de Pierre Clastres sigue esta misma línea. Para él, la idea de que el Estado es un estadio superior, más sofisticado que las organizaciones políticas anteriores, es una idea evolucionista que hay que superar. Según Clastres los pueblos amazónicos no eran ajenos en absoluto al poder estatal, que permitía a algunos hombres dar órdenes a los demás. De hecho, estas tribus hacían uso de la violencia colectiva contra las mujeres cuando estas transgredían los roles asignados. Conocían ese poder arbitrario que se mantiene gracias al uso de la fuerza, que ejercían sobre sus mujeres e hijas. Por ese mismo motivo evitaban las estructuras que harían posible el dominio de otros sobre ellos.

El estudioso anarquista David Graeber analiza qué podemos aprender de estas pequeñas resistencias. En su obra Fragmentos de antropología anarquista ahonda en la idea de contrapoder. Estas tribus funcionaban a través de instituciones de democracia directa, consenso y mediación, que controlaban e intervenían en los conflictos internos para solucionarlos buscando el bien común. Eran instituciones que funcionaban en el seno del Estado, adoptando la forma de un contrapoder que se opone a ciertas formas de dominio que trata de eliminar por completo las relaciones sociales. En momentos de transformación radical —de revolución, en sentido tradicional— este contrapoder permitiría crear nuevas formas políticas, económicas y sociales. Digno de mención es el caso de los Malgache, que se opusieron pasivamente a las instituciones estatales, elaborando formas de autogobierno autónomas e igualitarias que siguieron operando de manera eficiente después de que el Gobierno de Madagascar se hundiera tras la crisis financiera de los años ochenta.

David Graeber nos ofrece, además, un modelo aproximado de cómo podría ser el trabajo de intelectuales revolucionarios no vanguardistas. Un etnógrafo observa la realidad, anota sus interpretaciones, intenta conocer la lógica de las prácticas sociales y finalmente devuelve la información a los sujetos estudiados, «no como prescripciones, sino como contribuciones, posibilidades, como regalos».

Graeber  propone una teoría de la democracia que surge en los espacios intermedios, aquellos lugares donde el Estado y los demás sistemas de coerción no interfieren. En la actualidad han surgido en occidente «nuevas» formas radicales de organización basadas en la democracia directa, que en palabras de Pierre Bourdieu se caracterizan por ser no centralizadas y no jerárquicas. Al igual que las sociedades primitivas, adoptan estructuras en forma de redes acéfalas descentralizadas. Las comunidades zapatistas de Chiapas, los piqueteros argentinos, okupas holandeses, activistas que se oponen a los desahucios en los barrios negros de Sudáfrica, todos insisten en la importancia de las estructuras horizontales en lugar de las verticales, en la organización en grupos pequeños autónomos que se rebelen a las estructuras de liderazgo. Al parecer, en Occidente todavía tenemos mucho que aprender de los piaroa.

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